Recientemente tuve la opotunidad de pasar mi primer par de semanitas de merecidas vacaciones. Y dónde se va una cuando acaba de hipotecarse hasta las cejas? Pues a casa de papi y de mami, lugar paradisíaco donde abundan los manjares caseros y el descanso está asegurado. Enclave estratégico en el interior de Valencia que me permite volar hacia la playa en unos 20 minutos (y sin sobrepasar los límites de velocidad).

De sabios es reconocer que la privacidad en dicho lugar brilla por su ausencia. Yo lo vivo como una regresión a la adolescencia profunda, con la diferencia de que viví una adolescencia-sin-móvil (gracias!). Y es que suelo poner el dichoso aparatito en silencio para evitar que cuando suene mis ilustres progenitores me asalten con la pregunta de turno, ¿quién era?

Han sido dos semanas geniales, quedando casi todos los días para ir a la playa con mi amiguísima, viendo a mis sobrinos, durmiendo siestas de duración indecente... Y en estas excursiones playeras he podido observar un hecho que me ha alterado. Pero alterado de verdad. Según mis cálculos, 2 de cada 3 mujeres de entre 20 y 35 años han aumentado el tamaño de su pecho mediante cirugía. Y no hablo de aumentar una tallita por aquello del complejo, hablo de tallas 100 en adelante, de hacerse algo para que se note de verdad.

Dicen que andamos en tiempos de crisis, pero apuesto a que los cirujanos plásticos están de enhorabuena. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que a la mayoría de ellas no les favorecía. Me pregunto, y no me respondo, qué clase de amo dicta que las que no llegamos a la 90 debemos pasar por quirófano urgentemente.

No entiendo nada...