Existe un pueblo no muy lejano en el que viven almas blancas, cuyos habitantes llevan vidas limpias, ajenas a pensamientos oscuros...

En ocasiones son tentados por gentes cuyas almas se corrompieron, almas que en otro tiempo también habitaron dicho pueblo. Cuando esto ocurre, las almas blancas se revuelven incómodas, pues se debaten entre el deseo de probar lo que hay al otro lado y las ventajas que la pureza de su estatus les brinda.

Muchos de ellos, ante la tentación, se dejan llevar por lo que su cerebro de mamíferos les dicta, por los deseos que desde sus entrañas pugnan por salir. Nuevamente, se pueden apreciar dos variantes dentro de este grupo... Los hay que abrazan su nueva situación oscura con entusiamo, llegando incluso a sobrepasar sus propios deseos, cayendo en un abismo del que las propias almas ennegrecidas huyen a toda costa. Sin embargo, el segundo grupo es mucho más interesante.

Es la gran masa constituida por aquellas almas puras que, una vez saborean los antes considerados como excesos, intentan regresar a su anterior condición de seres blancos e inertes, a aquellas vidas en las que el raciocinio gobernaba sus actos. Lo que ellos desconocen es que una vez cruzan esa línea imaginaria el retorno completo no es posible. Sus almas quedarán manchadas y nunca volverán a ser aceptados como iguales en su pequeño pueblo, se han condenado a pasar el resto de sus días en la ambivalencia de no saber dónde pertenecen realmente.

Mirad a vuestro alrededor y seréis conscientes de que la mayoría pertenecemos a este último grupo. Nos sentimos impostores, vagando entre ambos mundos.