Tras la montaña se escucha el sonido de los fuegos artificiales. De vez en cuando, el destello de algunas luces me soprende y emociona en la oscuridad. Todo ello tiene lugar una noche de veran cualquira, en el campo, lo suficientemente cerca del mar para que su brisa nos permita respirar con comodidad.

Miro al cielo; esta noche las estrellas y satélites no me saludan tras la fina capa de nubes. Miro el reloj y me consta que es tarde. El silencio se adueña del lugar, brevemente interrumpido por el canto de un grillo o el ladrido de un perro. Aun así, dichos sonidos me llegan lejanos y amortiguados. Es la calma de la noche la que me recuerda que el silencio que me rodea s tan solo el rumor de mis propios pensamienos. Y éstos serán tan libres, blancos u oscuros tanto hoy como mañana.